Anorexia.

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Pinté una cara sonriente en el espejo, luego lo rompí. Y no es por querer llamar la atención. Ya no quiero, ya no me interesa. La única persona que me interesa impresionar es la que queda en ese pedacito de espejo que me quedé. “Te quiero rebasar,”─ me dije a mí misma.  “A vos y a todas las bajas expectativas que alguna vez tuviste para esa mujer que no creías que merecías ser.”  Sólo con eso ya me superé, sólo con ya no ser la misma persona que aborrecía lo que veía en el espejo, la niña que despreciaba su cuerpo y lo mató de hambre hasta darse cuenta de que ese dolor tan sofocante en la boca del estómago, no era más que una pequeña bala que le estaba perforando su inocencia.

Me agoté de buscar el significado de tanta estupidez, por eso decidí mejor perderme entre libros y música. Me encontré y me detesté, escribí mil palabras en cientos de cuadernos y después me las tragué. ¿Valdrán la pena ahora? ¿Será que las puedo vender para satisfacer el hambre que me quedó?

¡Cuánto arde esa manera tan mutilante de vivir! ¡Cuánto daño nos hacemos cuando dejamos el alma podrirse entre las burlas de los demás! ¡Qué gana más asquerosa de querer cortarnos en pedacitos para supuestamente complacer a quienes sin una miseria de consideración desaparecen!

Pero sobreviví, me sacudí mi falta de amor y regresé a pegar el espejo, reconstruí la imagen y la abracé. Ya no soy la niña malcriada que lo rompió, con un fuerte dolor de espalda me desdoblé, me saqué la rabia que le tenía y le pegué un buen par de cinchazos para que se diera cuenta el daño que me hizo a mí y a mis recuerdos. Ya no le tengo rencor, estamos en paz; ella me mira hoy desde lejos arrepentida, y yo le sonrío con la frente en alto, jurándole en silencio que voy a cuidar lo que ella con tanta ignorancia destruyó.

Nos rompimos la cara, nos quemamos el cuerpo; pero hoy, las dos somos testigos de la infinita belleza que renace de las cenizas.

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