Otra vez la misma película deteniéndose en la misma escena: la mujer que pretende normalidad y serenidad está otra vez lejos de sí misma; observándose temblar y dudar una y otra vez si existe en realidad un peligro inminente que está acechándola.
Ya es parte de ella; esa fuerza paralizante que la despoja de toda energía, que le provoca ese ligero dolor que recorre lentamente su espina dorsal y la arroja con fuerza hacia la oquedad de su razón. Ese es su pan diario.
Me cansé de pelear contra él, me cansé de pedirle que por favor se vaya.
No se va a ir.
Lo acepté por fin y como si fuera un oso a punto de matar a su presa en medio del bosque, decidí hacerme la muerta; dejar que decida que no vale la pena tenerme atrapada y pase de largo. Las soluciones rápidas no van conmigo, en especial esta; pues mientras estoy ahí tirada, estoy obligada a quedarme paralizada. Mi cuerpo inmóvil permite que pase por encima y luego se vaya; pero mientras se mantiene en el suelo, casi petrificado, un nuevo terror lo invade: el inevitable despropósito de no seguir avanzando, de quedarme estancada.
¿Será que tengo que levantarme y atacarlo de alguna manera, aunque después me quede sin fuerzas? ¿Será que vale la pena quedarme petrificada por tiempo indefinido?
Dilema perpetuo.
No me complazco en la inmovilidad, no existe en ella ningún objetivo; sin embargo, no deseo morir intentando eliminar un mal esclavizador y torturante que ha estado ahí por tanto tiempo, ese mal que parece tomar más fuerza cada vez que me hace creer que ya murió.
No va a durar para siempre, pero no tengo ganas de seguir enfrentándome a él.
Me doy por vencida. No significa que le esté dando la bienvenida, tampoco que no seguiré en busca de un remedio definitivo, sólo que reconozco que no puedo vencerlo yo sola. Si lo que quiere es pasar, que pase, y que pase rápido.
Cuando se vaya, me vuelvo a levantar.
Levantate y se irá. No le lleves el apunte.
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