Te entiendo,
Yo también llevo varias noches sin dormir, estoy cansada de estar cansada, y no quiero ir a trabajar mañana.

Te hablo desde el corazón, no me estoy inventando nada; no intento ponerme en tus zapatos, porque los llevo puestos desde hace mucho, llevo un par de millas recorridas en ellos y te puedo asegurar que conozco cada agujero de sus suelas, cada doblez de sus cintas y cada una de las piedras que se han metido dentro.
Yo también he tenido que fingir sonrisas, socializar a la fuerza y aguantarme las ganas de salir corriendo de los lugares más casuales, solo para después quedar en el ridículo más absurdo al nuevamente recordar que todo el miedo que estaba estrujando mis adentros era totalmente infundado, que los peligros de los cuales estaba procurando escaparme estaban solamente en mi imaginación.
Conozco perfectamente esa sensación fría y paralizante que viene de repente, que te recorre todo el cuerpo y te apuñala el pecho, que te duele tanto que podés sentir las punzadas en cada célula y no te deja respirar; ese martillazo perenne en la cabeza que te convence con una velocidad extraordinaria de que algo irremediablemente malo está a punto de suceder y no podés hacer nada para evitarlo. Los psicólogos lo llaman ataque de pánico, pero no sé si la definición de esa palabra describa fielmente lo que realmente sucede en nuestros cuerpos y mentes mientras todo esto sucede, porque por más que sepamos en nuestras consciencias que el 99.9% de los escenarios que nuestro cerebro está tratando de presentarnos como una realidad, son imaginarios, falsos y muy poco probables; no hay manera de detener el terror y la angustia que nos ahoga sin compasión.
A mi me pasa seguido, algunos días son mejores que otros, valoro demasiado los momentos de paz que tengo en donde pareciera ser que todo está en su lugar, pero es muy raro el día en que no me despierte atemorizada por algo y es casi un lujo dormir más de cinco horas seguidas.
Tampoco podría definir como tristeza lo que sucede después de cada episodio, no existe una palabra que describa esa mezcla de vergüenza con el dolor que no te deja comer ni ser vos mismo, que vocifera tu fracaso, porque te dejaste vencer de aquello que ya sabías que terminaría bien, porque te sometiste a la tortura aunque sabías que no estaba pasando nada, porque sabías la verdad pero no la creíste, porque alarmaste a tu familia otra vez sin motivos reales.
No hay peor lamento que aquella decepción que viene después del terror infundado.
¡Cómo quisiera saber qué fue lo que detonó esta bomba! ¡Daría lo que fuera por saber el momento exácto en el que comenzó este martirio! pues si de algo estoy segura, es que la hierba mala sólo puede ser muerta, si se arranca de raíz.
No te voy a obligar a ponerle buena cara a esto, porque yo sé que es cada segundo de esta extenuante angustia es un asco, lo peor que te ha pasado; no te voy a dar ningún consejo, porque ni yo misma se qué diablos hacer; no voy a tratar de convencerte de que no estás solo, pero si te lo voy a señalar, pues habemos muchos en esto, y aunque el tinte de este tenebroso panorama sea más oscuro que las tinieblas de la noche, siempre tenemos a dónde ir, aunque pareciera que todas las puertas que al principio estaban abiertas, son cerradas de repente; tampoco voy a tratar de levantarte el ánimo, porque no voy a poder, simplemente no existen palabras que puedan lograrlo, es más, ni siquiera es eso lo que querés o necesitás; lo que realmente deseás es que esto se acabe ya, querés volver a vivir en paz, querés dejar de atormentar a tu gente con tantas llamadas y mensajes, querés dejar de envidiarle la tranquilidad a tus amistades, querés dejar de asegurarte una y mil veces que todo está bien, querés volver a disfrutar de la soledad en vez de huir de ella, volver a tomar café sin que te de un subidón de adrenalina que lo haga todo peor, querés volver a manejar, comer, dormir, leer, escuchar tu disco de música favorita, comer en tu restaurante preferido, caminar, ver televisión, conversar, escribir sin el miedo a que alguien llegue a hacerte daño o que de repente te llamen para darte una mala noticia; querés ser capaz de tener verdaderamente el control sobre tus pensamientos y obligarlos a someterse a vos.
Yo no le creo a los psicólogos que dicen que esto no tiene cura, que solo tenemos que saber dejarlo pasar, tomar un par de pastillas y esperar que todo se tranquilice solo; si realmente no existe solución, somos nosotros quienes tenemos la obligación de encontrarla, somos actualmente 300 millones de personas en el mundo que estamos sufriendo, y muchos corriendo peligro al quedarse solos con su desesperanza… Debe existir una solución entre nosotros.
Me rehúso a creer que voy a pasar el resto de mi vida bajo este yugo; si queda un remanente de positivismo dentro de mí, si decidí obligarme a creer que cosas buenas pasarán, comienzo creyendo que día con día se nos va a entender más, se nos extenderá más compasión y menos juicio, comienzo aspirando un mundo en que se nos abrazará más y se nos señalará menos, donde poco a poco esta sociedad aprenderá a vernos con misericordia, ayudándonos a crear un ambiente que nos de la confianza que necesitamos para ser genuinos y transparentes con nuestro sentir, sin el temor de que huyan de nosotros, ni se menosprecie nuestro dolor; que nos facilite las herramientas que necesitamos para superar estos incontrolables episodios en lugar de lucrar con ellos y así podamos asegurarnos que no sea muy tarde para tantas personas como Jessy Paola Moreno, que escogieron terminar con su vida al no encontrar ninguna esperanza, porque en vez de encontrar condenación, tendrán un lugar seguro a dónde ir en tiempos donde la presión de este tormento se vuelve realmente insoportable.
Ojalá algún día este mundo se vuelva más sensible y comience a ver la ansiedad y la depresión como problemas graves, al cuidado de la salud mental como una necesidad y no un privilegio, y así juntos podamos encontrar una solución para los que día a día luchamos contra ello sin descanso.