Cuando Isabel era niña, quería ser como Harriet la Espía llevando su cuaderno a todos lados, escribiendo todo lo que observaba, anotando cualquier pensamiento que le llegaba a la cabeza y después de analizar palabra por palabra, escribir por horas cuentos y pequeñas historias, simples y sencillas anécdotas que imaginaba para cada uno de los personajes que veía en cada individuo. Apilaba los cuadernos debajo de su cama para que su papá no los leyera, porque sabía que para él era solamente pérdida de tiempo y no la llevaría a ningún lado; esta fue idea de su mamá, quien le mentía a su esposo al comprar cuadernos extra para que Isabel siempre tuviese dónde escribir.
A ella ─como a tantos niños, también se le murieron sus sueños de ser escritora; no por falta de talento o creatividad, tampoco por falta de práctica, como le decían sus antiguos maestros, sino porque su identidad artística, y la confianza que debió haber tenido en ella, no estaban bien fundamentadas, sus ideas─ por tan buenas que estas fueran, fueron pisoteadas y su simpatía fue completamente enterrada el día en que su papá decidió buscar la vieja sierra que tenía guardada debajo de la cama de Isabel, pero eso ya no es importante para ella.
Hoy, Isabel no es la misma persona; ya no corre por las calles preguntando sus nombres a las personas, no se escurre por los pasillos desordenando papeles ni hurgando entre las revistas de su abuelita, tampoco anda por el parque sonriéndole a todo el que pasa en frente, ni pidiéndole a los niños que juegan en el columpio de la colina que sean sus amigos. Hoy ella sostiene un libro de biología en sus manos la mayor parte del tiempo, y se cubre el cuerpo con una bata blanca; se sienta hasta atrás en el aula de la universidad─ pues ser notada ya no es una prioridad, y solo levanta la mano cuando realmente tiene una duda. Estudia medicina en la mañana, y trabaja en el café del centro de estudiantes en la tarde, como papá le ordenó. Va directamente a su casa de la escuela, y se encierra en su habitación cuando ya cumplió con todas las responsabilidades del día. Se acuesta tarde haciendo tareas y estudiando para sus exámenes, y cuando sabe que ya todos duermen, vuelve a su cuaderno de notas─ esos que compra en el supermercado en oferta y que nadie más quiere, para escribir historias de terror o hacer catarsis mientras llora silenciosamente; es adicta al café, a los cigarrillos mentolados y no le interesa hacer nuevos amigos, pues ya no los considera necesarios.
Isabel sigue esperando su oportunidad, aunque muy dentro sabe que tal vez ésta nunca llegue; sigue guardando cada cuaderno de notas en un baúl, ahí mismo debajo de su cama, creyendo que algún día─ cuando tenga el valor suficiente, podrá atreverse a pedirle a alguien más que lea cada una de las páginas que ha guardado durante tanto tiempo, y que ahora está dispuesta a defender si llegara el día en que su padre quisiera nuevamente tirar a la basura su más preciado tesoro, pues ahora ella ya tiene la fuerza física y el suficiente orgullo para poder protegerse a sí misma.
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Yo prometo leerte querida Isabel, prometo estar ahí el día que decidas creerle a tu obra y te atrevas a mirarte en el espejo de tus palabras para verte hermosa, fuerte y apasionada, como cuando eras una niña y corrías por las calles, creyendo que sabías qué alma de antaño había encarnado en cada una de las aves y ardillas que te encontrabas en el parque, con tan solo verla a los ojos; como cuando subías a los autobuses de la mano de tu madre y te fijabas en todas y cada una de las personas que te acompañaban y sabías cada una de sus historias, de dónde venían y qué estaban haciendo ahí. Prometo leer todo lo que tengas que decir, y no condenar ninguna opinión, solamente creer que detrás de cada una, existe una experiencia que estás tratando de entender o alguna herida que estás intentando sanar. Prometo leer cada uno de tus cuentos sin ninguna felicitación, pues yo se que el único halago que realmente te interesa es que se compartan tus textos y que los demás lean tus poemas; porque en cada palabra y en cada letra estás tú, está tu vida, están tus lágrimas y tu corazón, y de cierto modo, quisieras que cada uno de los que leen te ayudaran a sanar, al llevar consigo un poquito de tu dolor; pues es así como se alivian las cargas, cuando las compartimos con otros y cuando ayudamos a otros a llevar las de ellos.
No te preocupes Isabel, yo voy a guardar bien tu secreto, nadie sabrá de tu baúl hasta que tu decidas que es tiempo de sacarlo; pero espero que no pase tanto más para que te des cuenta que vale la pena abrirlo, vale la pena compartirlo con quienes están a tu alrededor; porque no eres más de lo mismo, no eres igual que los demás que dicen escribir, y que creen que tienen la capacidad solamente porque les gusta hablar con la mano y porque tienen la plataforma para hacerlo─ como siempre has creído. Eres una joya que está en contacto con el alma de este bendito arte, lo tuyo no es cuestión de suerte, no es cuestión de lujos; es un talento puro y sincero, que te ha perseguido desde el vientre hasta el día de hoy, que está destinado a estar ahí contigo, no importa si lo intentan romper o ahogar y que el día que conozca la muerte, será el día en que tu partas con ella.
Aunque no quieras creerlo.
¡Escribe mi niña! Que yo estaré leyendo.